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Karl-Anthony Towns, tres en uno; su camino hacia la NBA.

El dominicano aspira a dominar la liga con la herencia de su madre, el trabajo de su padre y la influencia de Calipari

De padre afroamericano y madre dominicana, Karl-Anthony Towns (Edison, 15 de noviembre de 1995), creció en Nueva Jersey. Un cruce de culturas en un estado con un 18% de non-US born en 2005, del que salieron dos personas en un mismo cuerpo. El padre eligió el nombre, y quiso que fuera nombrado en su honor; la madre añadió un Anthony en medio, un regalo de su país de origen. Juntos iniciaron la leyenda, todavía en proceso, de Karl-Anthony Towns.

Su padre, Karl Towns Sr., entrenaba a baloncesto en Piscataway Technical High School. Cada tarde, al acabar las clases, pasaba a recoger a su hijo por la escuela y lo llevaba al pabellón donde, todavía como alumno de quinto grado, entrenaba con el equipo junior. Y ya destacaba, hasta para los ojos de su madre, Jacqueline Cruz-Towns: “parecía una bailarina en la pista. Incluso con su tamaño, era muy grácil. Ese fue el momento en el que vi que iba a ser alguien en el baloncesto”. Tenía todavía 10 años y ya superaba el 1.90m.

Pero para Karl Towns Sr. eso no era suficiente. A sus movimientos de pies, le quiso añadir los fundamentos que todo interior debe tener, y que sabía mejor que nadie: en 1985 promedió 12.3 rebotes en Monmouth, uno de los líderes de la temporada, pese a medir menos de dos metros. “No quería que tuviera ninguna limitación. Me aseguré que su juego fuera completo”. Aprendió a driblar, a defender y a pasar el balón. En 2005 los referentes interiores de la liga eran Shaquille O’Neal y Yao Ming, y Karl Towns usó esas referencias para moldear el juego de su hijo hacia el futuro.

Cuando acabó su año freshman en Saint Joseph recibió su primera oferta de beca universitaria: Michigan State. Más tarde, ese mismo año, fueron Syracuse y Connecticut. Era demasiado joven y tenía tanto margen de mejora, que su entrenador, Dave Turco, ni se planteó escucharlas. Aquel verano Towns lo pasó viendo VHS de su jugador favorito, Len Bias. “Aún tengo su camiseta de la universidad colgada en la habitación de mi casa” aseguró hace poco el propio Karl-Anthony. Una habitación que sería mitad santuario, mitad motivacional. Cosas de Towns.

La primera tarea a imitar de Bias: abrir el campo, convertirse en un tirador de tres. Buscar la polivalencia que convirtió a Len en el mejor prospect que Red Auerbach había visto jamás. Tras Bias, Towns puso el foco en dos interiores que dominaron la década de los noventa: Hakeem Olajuwon y Shawn Kemp. Pasó horas, quizá miles de horas en el gimnasio replicando cada movimiento de ambos. Pero por mucha mejora que aplicara a su juego, siempre había un pero. Piernas pequeñas, pies muy grandes…

El mayor, el más considerable y que más preocupaba: es demasiado buena persona. Ese era el legado de su madre, su descendencia más dominicana.

ANTHONY TOWNS

Ya en high-school, sus padres veían los partidos separados. Para Karl eran un examen: cada noche, en la cena, cuando su hijo le preguntaba qué había hecho bien y mal, tenía la respuesta táctica o técnica acertada. Era su segundo entrenador y su primer apoyo. Su preferencia, ver los partidos desde la parte más alta del pabellón, o a una altura considerable, con el objetivo de lograr apreciar hasta el más mínimo detalle y no dejar pasar nada.

Su madre, al contrario, veía los partidos como una fiesta. Más pasional y menos analítica que su esposo, Jacqueline se permitía disfrutar de cada partido en primera fila, a poder ser, con la camiseta de su hijo y animando como la que más. En Kentucky aseguran que a los partidos de conferencia la vieron con pompones. Lo hizo desde su año sophomore en St. Joseph, lo hizo en cada final estatal que su hijo ganó y lo hizo cuando su hijo debutó con la selección nacional de su país.

Con 16 años conoció a Calipari. Por aquel entonces, el entrenador de Kentucky era seleccionador de la República Dominicana. El combinado de Horford, Francisco García, Eulis Baez… y desde ese verano, el de Karl-Anthony Towns. Le llamó primero para el Campeonato de Centroamérica 2012, donde debutó con la selección y se llevó el oro, y un mes más tarde, para el pre clasificatorio de los Juegos de Londres. Pero tras caer con Nigeria por el tercer puesto, Calipari se quedó sin el sueño de llegar a unos Olímpicos. Para Towns era solo el principio.

Todavía no era ni un recruit en la NCAA: le quedaban al menos dos años más en St. Joseph High School, donde llevó a su equipo tres años seguidos al campeonato, desde 2012 hasta 2014. Compaginaba ser el mejor jugador del año con un GPA de 3.96 sobre 4.5 (lo que equivale a un promedio de 8.8 sobre 10). Pero ni el three-peat, ni los dos cuádruples dobles le valían para ser proyectado como top-3 de su camada. Tampoco importaba: en Diciembre de 2012, un año y medio antes de iniciar su andadura universitaria, anunciaba que jugaría en Kentucky.

La universidad de John Calipari. ¿Casualidad? Para nada. La relación con la universidad venía de lejos: el entrenador de la República Dominicana U-17 era Oliver Antigua, hermano del ex asistente de Calipari, Orlando Antigua. Y luego con el propio Calipari, quien en 2012 puso a Towns a entrenar al poste con Horford y Francisco García, buscando potenciar su juego interior. En sus tres primeros años en St. Joseph, Karl-Anthony anotó 127 triples; en su año universitario solo lanzó 8.

Todo el entrenamiento con su padre, las imitaciones de Bias y el pívot del futuro, había quedado en el pasado.

KARLITO TOWNS

Pero nunca hubo una queja, una palabra en mal tono o un suspiro fuera de tiempo. Karl ha sido y siempre será el tipo más dulce en la cancha. “Nunca en la vida discutirá contigo, te dirá que estás equivocado o te dará una mala excusa” asegura Turco. En su lugar, acude a Karlito. Karlito es la voz en el hombro de Karl-Anthony cuando está frustrado. Algo así como su alter-ego, su amigo imaginario, su Pepito Grillo. Los entrenadores de Kentucky le llamaron así, era parte de la química en Lexington. Cuando la historia se hizo pública, sus compañeros hacía meses que conocían a Karlito, era uno más en los entrenamientos. Era otra parte clave de una Kentucky de leyenda.

Aquel equipo de los Wildcats hizo historia en 2015, tras llegar a la final a cuatro del baile de Marzo invictos. A nivel individual, Karl fue nombrado freshman de la conferencia y formó parte del segundo mejor equipo del año, pero el colofón podía llegar en Indianápolis. El primer fin de semana de Abril se jugaban ante los Badgers el billete para la final: ese día se acabó el sueño de Karl, de la mano de Kaminsky, Dekker y Koenig. Entre Cauley-Stein, Devin Booker y Tyler Ullis anotaron 14 puntos, 2 menos que KAT. Y peor aún, del 40-0 al 38-1 y ver a Duke y a Jahlil Okafor, el gran rival por el #1 del draft, levantando el título nacional.

Pero los Wolves eligieron al wildcat, segundo #1 que se unía a la franquicia de Adelman y Ricky Rubio ese verano. No fue azar, ni coincidencia. El trabajo duro es algo que siempre ha llevado consigo. En la pared de su casa, con rotulador permanente, escribía mensajes motivacionales para sí mismo. “The harder you work, the harder it is to give up” decía el primero. “Play to prove. Prove to win. Win to succeed”. Trabajar duro para conseguir el éxito. “Greatness comes at a price” rezaba un tercero. Su madre le recuerda subido en la cama escribiendo con una caligrafía grande y clara.

“The difference between a team and a player is that the ’T’ in team tops the ‘P’ in player”, el más grande de todos ellos.

KARL-ANTHONY TOWNS

Desde los entrenamientos con su padre, Karl-Anthony siempre había querido ser el mejor 7 pies de la NBA. No es algo que soñara desde pequeño, pero en ocasiones, de tantas veces que lo escuchó a voz de sus padres, compañeros y entrenadores, acabó siendo su objetivo. Que no su sueño. Porque Towns siempre ha tenido en mente otros propósitos, más allá del baloncesto. Por eso pudo graduarse en tres años y no en cuatro; por eso no perdía clase para ir a entrenar, uno era el escudo del otro.

Su materia favorita siempre fueron las finanzas, delegado de clase en su último año y tres años seguidos miembro del consejo estudiantil. Todavía en high-school, inició procesos de recogida de fondos para la caridad local y formó parte del equipo de justicia social. No era solo la estrella estatal de baloncesto, era una referencia en la escuela más allá de lo deportivo. “Siempre fue realista. Siempre ha trabajado para estar seguro que si el baloncesto no sucedía, estaría bien” aseguró Kelly Schnier, su consejera en St. Joseph.

“Siempre he sentido que, sin importar lo que pase, hemos de intentar ser el mejor ser humano posible. Eso nos lleva a través de las adversidades”. No suena como la típica frase de una estrella de la NBA. Cuando ganó el premio al jugador del año en high-school, los agradecimientos fueron a su madre por cocinar suficiente comida para su enorme cuerpo y a su padre por compaginar cuatro trabajos para pagar las facturas y gastar los ahorros entrenando con él. Y según confesó él mismo, todo el discurso fue improvisado.

Lo único improvisado de su vida, todavía joven. Porque cada paso que Karl-Anthony Towns da, es consensuado. Eligió ganar tres títulos estatales, ser el mejor jugador del año, eligió estar a las órdenes de Calipari en Kentucky primero y ser número 1 del draft más tarde. Y con la llegada de Butler, Teague y Thibodeau en el banquillo, Karl-Anthony Towns ha elegido ser la próxima gran estrella de la NBA en la era de los unicornios y los interiores con tiro de tres y manejo de balón.

Tiene una ventaja: él es único, dentro y fuera de la pista. Él es Karl-Anthony Towns, y a la vez, representa todas sus variables.

Tomado de: Solobasket.com / por: Alejandro Gaitán

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